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  • —¿Recordáis aquello que os conté cuando nos conocimos, Gnomo? —preguntó el príncipe Oberyn mientras el Bastardo de Bondadivina se arrodillaba ante él para ajustarle las grebas—. El motivo de que mi hermana y yo fuéramos a Roca Casterly no fue sólo ver si teníais cola. Habíamos emprendido una especie de búsqueda. Una búsqueda que nos llevó a Campoestrella, al Rejo, a Antigua, a las islas Escudo, a Crakehall y por último a Roca Casterly… pero nuestro auténtico destino era el matrimonio. Doran estaba prometido a Lady Mellario de Norvos, de modo que se había quedado como castellano de Lanza del Sol, pero aún no había matrimonios concertados para mi hermana ni para mí.

    »A Elia todo le parecía de lo más emocionante. Estaba en esa edad, ya sabéis, y su salud delicada le había impedido viajar mucho hasta entonces. Yo en cambio me entretenía burlándome de todos los pretendientes de mi hermana. Estaba el Señorito Ojobizco, el Escudero Labiosdebabosa, uno al que llamé la Ballena Andante… cosas así. El único medio pasable fue el joven Baelor Hightower. Un muchacho atractivo, sí; mi hermana se había enamoriscado de él hasta el día en que tuvo la desgracia de tirarse un pedo delante de nosotros. Enseguida pasé a llamarlo Baelor Rompevientos y después de aquello Elia no podía ni mirarlo sin echarse a reír. He de reconocer que era yo un jovencito monstruoso, me tendrían que haber cortado aquella lengua cruel.

    «Sí», asintió Tyrion para sus adentros. Baelor Hightower ya no era joven, pero seguía siendo el heredero de Lord Leyton, rico y atractivo, un caballero de impecable reputación. Ahora lo llamaban Baelor el Sonriente. Si Elia se hubiera casado con él, en vez de con Rhaegar Targaryen, estaría viviendo en Antigua mientras sus hijos crecían junto a ella. Se preguntó cuántas vidas habría apagado aquel pedo.

    —Lannisport era la última parada en nuestro viaje —prosiguió el príncipe Oberyn mientras Ser Arron Qorgyle lo ayudaba a ponerse la túnica de cuero acolchada y empezaba a atársela a la espalda—. ¿Sabíais que nuestras madres se conocían desde hacía mucho?

    —Creo recordar que habían estado juntas en la corte. Como compañeras de la princesa Rhaella, ¿no?

    —Exacto. Me parece que las madres lo tenían todo planeado. El Escudero Labiosdebabosa y los demás, y las diferentes doncellas granujientas que habían desfilado ante mí, no eran más que las almendras antes del banquete, su único objetivo era abrirnos el apetito. El plato fuerte se iba a servir en Roca Casterly.

    —Cersei y Jaime.

    —Qué enano tan listo. Elia y yo éramos mayores, claro. Vuestros hermanos no tendrían más allá de ocho o nueve años. Pero una diferencia de cinco o seis años no es gran cosa. Y en nuestro barco había un camarote vacío, un camarote muy bonito, como el que se reservaría para una persona de noble cuna. Como si nuestra intención fuera volver con alguien a Lanza del Sol. Tal vez con un joven paje, o con una compañera para Elia. Vuestra señora madre pretendía comprometer a Jaime con mi hermana, o a Cersei conmigo. Puede que ambas cosas.

    —Es posible —dijo Tyrion—, pero mi padre…

    —Gobernaba los Siete Reinos, pero en casa lo gobernaba su señora esposa. Eso decía siempre mi madre. —El príncipe Oberyn levantó los brazos para que Lord Dagos Manwoody y el Bastardo de Bondadivina pudieran meterle por la cabeza la cota de mallas—. En Antigua nos enteramos de la muerte de vuestra madre y del niño monstruoso que había dado a luz. Podríamos haber dado media vuelta, pero mi madre decidió seguir adelante con el viaje. Ya os conté el recibimiento que nos esperaba en Roca Casterly.

    »Lo que no os dije es que mi madre esperó el tiempo que consideró oportuno y habló con vuestro padre sobre nuestras intenciones. Años más tarde, en su lecho de muerte, me contó que Lord Tywin nos había rechazado de malos modos. Le dijo que su hija se casaría con el príncipe Rhaegar, y cuando le pidió que comprometiera a Jaime con Elia os ofreció a vos en su lugar.

    —Oferta que ella consideró un insulto, claro. —Es que lo era. Hasta vos tendréis que reconocerlo.

    —Claro, claro. —«Todo tiene raíces en el pasado, en nuestras madres, en nuestros padres y en los padres de nuestros padres. No somos más que marionetas, nos mueven los hilos de los que nos precedieron, y algún día nuestros hijos tendrán que bailar como les dicten nuestros hilos»—. Bueno, el príncipe Rhaegar se casó con Elia de Dorne, no con Cersei Lannister de Roca Casterly. Así que al final ese combate lo ganó vuestra madre.

    —Eso creía ella —asintió el príncipe Oberyn—, pero vuestro padre no es hombre que perdone ese tipo de menosprecios. Les enseñó esa lección a Lord y Lady Tarbeck, y también a los Reyne de Castamere. En Desembarco del Rey se la enseñó a mi hermana. Mi yelmo, Dagos. —Manwoody se lo entregó; era un yelmo alto, dorado, con un disco de cobre sobre la frente, el sol de Dorne. Tyrion vio que le habían quitado el visor—. Elia y sus hijos llevan demasiado tiempo esperando justicia. —El príncipe Oberyn se puso unos guantes de cuero rojo y suave, y volvió a coger la lanza—. Hoy por fin la van a tener.

    En este curioso y extenso fragmento de Tormenta de Espadas descubrimos por boca de Oberyn un dato interesante. Por primera vez, se nos habla de la amistad que unía a la Princesa de Dorne con Lady Joanna Lannister y, posiblemente, también con la Reina Rhaella. Tanto es así, que parece que ambas damas habían ideado sus propios planes de boda para sus respectivos hijos... Sin contar en ningún momento con el parecer de Tywin. Es este hecho en concreto lo que más llama la atención de todo el asunto porque, vamos a ver, ¿qué motivos podían existir para ocultarle algo así? Más todavía, ¿por qué era tan importante para que, incluso tras la muerte de la propia Joanna, la Princesa de Dorne decidiera seguir con el plan establecido hasta el final? Bien, la pregunta a la cuestión no es nueva. Normalmente se da como respuesta que, sencillamente, Joanna había decidido de motu propio separar a sus mellizos porque ya en la infancia su relación había empezado a resultar inquietante, como bien recuerda Jaime en una escena:

    No había soportado nunca estar mucho tiempo lejos de su gemela. Ya siendo niños se metían juntos en la cama y dormían abrazados. «Hasta en el vientre materno.» Mucho antes de que su hermana floreciera, o de que él alcanzara la virilidad, habían visto yeguas y sementales en los prados, perros y perras en las perreras, y habían jugado a hacer lo mismo. En cierta ocasión la doncella de su madre los vio… No recordaba qué estaban haciendo en aquel momento, pero fuera lo que fuera horrorizó a Lady Joanna. Despidió a la doncella, trasladó el dormitorio de Jaime a la otra punta de Roca Casterly, puso un guardia ante el de Cersei y les dijo que no debían repetirlo jamás, o no le quedaría más remedio que contárselo a su señor padre. Pero no había nada que temer para ellos. Poco después su madre murió al dar a luz a Tyrion. Jaime apenas recordaba su aspecto.

    Esto es interesante pero no nos despeja la duda del interés y, sobre todo, insistencia de la Princesa de Dorne, dispuesta a seguir con el plan trazado junto a su amiga incluso después de fallecida ésta. Es más, el propio Tywin no duda en informarle que Cersei ya no está disponible para otros pretendientes, pues él ya contaba a su vez con sus propios planes de boda para la niña: casarla con el mismísimo príncipe Rhaegar Targaryen. Si Jaime y Cersei, a pesar de su edad, iban a quedar pronto separados para poder seguir con sus vidas, ¿para qué insistir hasta el punto de enzarzarse en una discusión con Tywin, que estaba del peor de los humores posibles en aquella época? Pues, quizás, porque la razón última para los planes de boda de la Princesa y Lady Joanna era de mayor calado que el simple temor de una madre por unos hijos que ni siquiera habían llegado a la pubertad...


    Recapitulemos. Sabemos, por otros fragmentos de la saga, que la idea de Tywin de casar a Cersei con Rhaegar no fue algo que se le ocurriera de la noche a la mañana sino que, para cuando falleció Joanna, llevaba ya sopesándolo algún tiempo:

    Cuando apenas era una niña, su padre le había prometido que se casaría con Rhaegar. Ella no tendría más de seis o siete años.

    —No se lo digas a nadie, pequeña —le dijo con aquella sonrisa secreta que sólo Cersei llegaba a ver—. Guarda silencio hasta que Su Alteza acceda al compromiso. Por ahora será nuestro secreto.

    Y así había sido, aunque en cierta ocasión se dibujó a sí misma montada en un dragón, detrás de Rhaegar, con los brazos en torno a su pecho. Cuando Jaime vio el dibujo le dijo que representaba a la reina Alysanne y el rey Jaehaerys.

    Tenía diez años cuando por fin vio al príncipe en persona, en el torneo que ofreció su señor padre para darle la bienvenida al Oeste al rey Aerys. Se habían erigido gradas para los espectadores ante los muros de Lannisport, y las aclamaciones de sus habitantes retumbaban como un trueno en Roca Casterly.

    «Aplaudieron a mi padre el doble que al Rey —recordó la Reina—, pero sólo la mitad de lo que aplaudieron al príncipe Rhaegar».

    A sus diecisiete años, recién armado caballero, Rhaegar Targaryen lucía una coraza negra por encima de la cota de malla dorada cuando entró en las lizas. Largos gallardetes de seda roja, dorada y anaranjada colgaban de su yelmo y ondeaban como llamas. Dos tíos de Cersei cayeron ante su lanza, al igual que una docena de los mejores justadores de su padre, la flor y nata del Oeste. De noche, el príncipe tocaba su arpa plateada y la hacía llorar. Cuando se lo presentaron, Cersei estuvo a punto de ahogarse en la profundidad de sus tristes ojos color violeta.

    «Le han hecho daño —recordó haber pensado—, pero cuando estemos casados, yo aliviaré su dolor. —Comparado con Rhaegar, hasta el apuesto Jaime parecía un crío inexperto—. El príncipe va a ser mi esposo —había pensado, ebria de emoción—, y cuando muera el viejo rey, yo seré la reina». Su tía se lo había dicho antes del torneo.

    —Tienes que estar más bonita que nunca —le dijo Lady Genna al tiempo que le colocaba bien el vestido—, porque en el último banquete se anunciará tu compromiso con el príncipe Rhaegar.

    ¡Qué feliz había sido aquel día! De lo contrario no se habría atrevido a visitar la carpa de Maggy la Rana. Sólo lo hizo para demostrarles a Jeyne y a Melara que las leonas no tenían miedo de nada.

    «Iba a ser reina. ¿Qué podía temer una reina de una vieja repulsiva?». El recuerdo de la profecía todavía le erizaba el vello, y eso que había transcurrido toda una vida. «Jeyne salió de la carpa corriendo y llorando —recordó—, pero Melara se quedó, y yo también. Le dejamos probar nuestra sangre y nos reímos de sus tontas profecías. Nada de lo que decía tenía sentido». Dijera lo que dijera la vieja, ella iba a ser la esposa del príncipe Rhaegar. Su padre se lo había prometido, y la palabra de Tywin Lannister valía tanto como el oro.

    Sus risas murieron al final del torneo. No hubo banquete final, ni brindis para celebrar su compromiso con el príncipe Rhaegar; sólo silencios fríos y miradas gélidas entre el Rey y su padre. Más tarde, cuando Aerys y su hijo partieron con todos sus galantes caballeros hacia Desembarco del Rey, la niña acudió a su tía deshecha en lágrimas, sin entender nada.

    —Vuestro padre propuso el enlace —le dijo Lady Genna—, pero Aerys se negó: «Eres mi mejor sirviente, Tywin, pero nadie casa a su heredero con la hija de su sirviente», le dijo el Rey. Sécate esas lágrimas, pequeña. ¿Alguna vez has visto llorar a un león? Tu padre te buscará otro hombre, y será mejor que Rhaegar.

    Pero su tía le mintió, y su padre le había fallado, igual que Jaime le fallaba entonces.

    «Mi padre no me buscó un hombre mejor. Me entregó a Robert, y la maldición de Maggy desplegó sus pétalos como una flor envenenada. —Si se hubiera casado con Rhaegar, como era intención de los dioses, él ni siquiera se habría fijado en la loba—. De lo contrario, hoy Rhaegar sería nuestro rey, y yo, su reina, la madre de sus hijos».


    Nunca había perdonado a Robert por matarlo.

    Seis o siete años. Es decir, Tywin llevaba detrás de la idea de ese compromiso por lo menos desde dos o tres años antes de que Tyrion naciera. Casi cuatro, antes de que por fin Tywin le hiciera la proposición a Aerys en el Torneo de Lannisport del año 276. Cuesta creer entonces que Joanna, tan cercana y unida a Tywin que incluso se llegaba a decir que si él gobernaba en realidad los Siete Reinos era ella la que le gobernaba a él, no supiera ni tuviera el más mínimo conocimiento sobre este asunto. De hecho, hasta el punto en que nos podamos fiar de estos temas en la saga, Jaime llega a tener una visión de su madre en la que ésta le confía los sueños que tenía su padre para el futuro de ambos:

    Aquella noche soñó que estaba aún en el Gran Septo de Baelor, todavía velando el cadáver de su señor padre. El septo estaba oscuro y silencioso, hasta que una mujer salió de entre las sombras y caminó muy despacio hacia el féretro.

    —¿Hermana? —llamó.

    Pero no era Cersei. Se trataba de una hermana silenciosa, toda de gris. La capucha le ocultaba el rostro, pero Jaime veía la danza de las velas en los estanques verdes de sus ojos.

    —Hermana —dijo—, ¿qué quieres de mí?

    La última palabra resonó por todo el septo,mimimimimimimimimimimimimimí.

    —No soy tu hermana, Jaime. —Alzó una mano pálida y suave, y se echó la capucha hacia atrás—. ¿Me has olvidado?

    «¿Cómo voy a olvidar a alguien a quien no he conocido?».

    Las palabras se le atravesaron en la garganta. La había conocido, pero hacía tanto, tanto tiempo…

    —¿También vas a olvidar a tu señor padre? Aunque dudo que lo conocieras de verdad. —Tenía los ojos verdes y el cabello de oro hilado. No habría sabido decir cuántos años tenía. «Quince, o tal vez cincuenta». La mujer subió por los peldaños que llevaban al féretro—. No soportaba que se rieran de él. Era lo que más odiaba en el mundo.

    —¿Quién eres? —Quería oírselo decir.

    —Deberías preguntarte quién eres tú.

    —Esto es un sueño.

    —¿Tú crees? —Le sonrió con tristeza—. Cuéntate las manos, pequeño.

    «Una». Una única mano cerrada en torno a la empuñadura de la espada. Sólo una.

    —En mis sueños siempre tengo dos manos.

    Levantó el brazo y contempló con incomprensión la fealdad del muñón.

    —Todos soñamos con cosas que no podemos tener. Tywin soñaba que su hijo sería un gran caballero, que su hija sería reina. Soñaba que serían tan valerosos, fuertes y hermosos que nadie se reiría de ellos jamás.

    —Soy un caballero —le dijo—. Y Cersei es la reina.

    Una lágrima rodó por la mejilla de la mujer. Volvió a cubrirse con la capucha, y le dio la espalda. Jaime la llamó, pero ya se alejaba de él; sus faldas susurraban al rozar el suelo.


    «No me dejes», habría querido rogarle, pero por supuesto, hacía mucho que lo había dejado.

    Pero, ¿por qué Joanna no iba a querer ver casada a Cersei con el príncipe? ¿Por qué no iba a querer que su propia hija fuese reina? Si indagamos un poco en la situación de la relación entre Tywin y Aerys ya por aquella época, los últimos años de Joanna, vemos que no era tanto por Cersei como por la difícil situación que estaban empezando a vivir por culpa del carácter del rey:

    A esta altura, el Rey Aerys se habia dado cuenta de la extendida creencia de que él no era sino un adorno y Tywin Lannister era el verdadero amo de los Siete Reinos. Esos sentimientos llenaron profundamente de ira al rey, y Su Gracia decidió desmentirlos y humillar a su “sirviente todopoderoso” y “ponerlo de nuevo en su lugar”.

    En el Torneo del Aniversario de 272 DC, llevado a cabo para conmemorar los diez años de Aerys en el Trono de Hierro, Joanna Lannister trajo a sus gemelos de seis años Jaime y Cersei desde Roca Casterly para presentarlos a la corte. El rey (bastante pasado de copas) le preguntó a ella si haberles dado de mamar había “arruinado tus pechos, que eran tan altos y orgullosos”. La pregunta divirtió en grande a los rivales de Lord Tywin, quienes siempre disfrutaban ver a la Mano desairada o como blanco de bromas, pero Lady Joanna estaba humillada. Tywin Lannister intentó devolver su cadena la mañana siguiente, pero el rey rechazó su renuncia.

    Aerys II podría, por supuesto, haber despedido a Tywin Lannister en cualquier momento y nombrado a alguno de sus hombres Mano del Rey, pero en cambio, por alguna razón, el rey eligió mantener a su amigo de infancia cerca de él, trabajando para él, aunque hubiera empezado a socavarlo de todas las maneras. Los desaires y las burlas empezaron a hacerse más numerosos; los aspirantes a la corte que querían subir rápido aprendieron que la forma más rápida de llamar la atención del rey era mofándose de su solemne y seria Mano. Aun así, y con todo esto, Tywin Lannister sufrió en silencio.

    Recordemos lo que dijo el fantasma de Joanna: Tywin no podía soportar que se rieran de él, algo que venía de los tiempos de su padre, Lord Tytos, el león sin dientes. Sin embargo, por aguantar en su lugar como Mano de Aerys, debía soportar las risas y bromas no solo del monarca sino también de rivales y aduladores. Pero, ¿por cuánto tiempo más? Aquí ya hemos visto un primer intento de dimisión de Tywin. Por su parte Aerys no soportaba que se le considerara un rey florero, aunque bien poco hiciera realmente por evitarlo; por lo que la fama de Tywin tampoco ayudaba y se desquitaba precisamente haciéndole lo que sabía que más le podía irritar: riéndose de él para mantenerle “en su sitio”.

    De todo este círculo vicioso podemos fácilmente deducir que no podía salir nada bueno. Era un tira y afloja perpetuo. Tywin por momentos quería perder de vista a Aerys pero, si quería seguir con sus planes particulares de boda, debía hacer el sacrificio y aguantar en la corte. Aerys envidiaba las habilidades de Tywin pero no se atrevía a despedirle de forma directa, en parte porque incluso él tenía miedo de lo que pudiera llegar a hacer, en parte porque seguramente debía reconocer, aunque fuera en privado, que no encontraría a nadie capaz de igualarle en su trabajo.

    Visto en conjunto, era una situación peligrosa. No solo para los Lannister o para el rey. Era una situación que, si se desbocaba, con el carácter y el poder de los principales implicados más la actuación de algunos oportunistas y aduladores sin escrúpulos de la corte podía acabar muy mal para Poniente entero. Así que, ¿por qué no intervenir de alguna manera? ¿Y si sacamos a Cersei de la ecuación? Tywin podría retirarse de la corte una vez perdida su ambición por conseguir que su hija tuviera una boda real y Aerys podría jugar a encontrar otra Mano habilidosa sin llegar al extremo de tener que destituir de manera directa a Tywin. Quizás Steffon Baratheon podría haber llegado a ser una buena altenativa. Por ejemplo.

    Y aquí es donde entraría Joanna. Su amiga dorniense tenía un hijo con una edad adecuada para Cersei pero la aproximación a Tywin debería hacerse con cuidado y, desde luego, tendría que parecer casual. Ella ya se encargaría del resto cuando los Martell se presentaran de visita. Tywin había soñado con que su hija se casaría con un príncipe y, al final, de una manera u otra, así sería.

    Lamentablemente para todos los implicados en esta historia, el azar o el destino tenía otros planes. Joanna fallecería en el parto de Tyrion poco antes de la llegada de los Martell a Roca Casterly. La Princesa cumplió con su parte del trato esperando pacientemente y realizando la proposición planeada junto a su amiga pero, sin la mano izquierda de Joanna, fue imposible convencer a Lord Tywin de la nueva idea. Todavía de luto, despachó de malos modos a los Martell llegando a ofender a la Princesa con sus palabras. Aunque en cierto sentido podríamos llegar a decir que la Martell tuvo éxito impidiendo la boda entre Cersei y Rhaegar al vengarse de la ofensa de Tywin consiguiendo prometer a Elia con el príncipe, la realidad es que lejos de calmar los ánimos entre Tywin y Aerys, el fin último del plan inicial, lo único que se consiguió fue echar más leña al fuego que se estaba preparando.

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    • me encanta

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    • ¡Gracias! ^^

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    • Es curioso como el status quo actual de la saga se nos muestra como una amalgama de resultados de planes muy bonitos y bienintencionados que salieron terriblemente mal. El concejo informal de Rhaegar en el Torneo de Harrenhal, las "aspiraciones sureñas de Rickard Stark", y ahora esta "Conspiracion de las Damas". Todos estos planes de forjar alianzas que unan y encumbren familias nobles para mantener el poder en un grupo de personas y no centralizarlo en un  monarca absoluto. Pero todos dieron al traste frente a la locura del Rey Aerys. A veces me pregunto si Varys es consciente de los peligros que supone el intentar traer una dinastia de vuelta a un Trono.

      Una teoria bien planteada. Mis felicitaciones al usuario.

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    • No puedo hacer más que sentir admiración por semejante esfuerzo y dedicación en semejante tema, haces que desee no ser tan perezoso :v

      Ahora, "conspiración" es una palabra muy grande, quizá "acuerdo"? "trato"? o algo más ligero.

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    • Quizás un "Pacto entre Damas" hubiera quedado bien igual pero me gustaba la idea de seguir con el ambiente "conspiranoico" previo a la Rebelión. xD

      Pero es lo interesante de la saga: cómo los detalles esconden también pequeñas historias que ayudaron a crear "la" historia de las novelas.

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    • excelente!!! Gracias.

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    • Wilma Deering escribió:


      »A Elia todo le parecía de lo más emocionante. Estaba en esa edad, ya sabéis, y su salud delicada le había impedido viajar mucho hasta entonces. Yo en cambio me entretenía burlándome de todos los pretendientes de mi hermana. Estaba el Señorito Ojobizco, el Escudero Labiosdebabosa, uno al que llamé la Ballena Andante… cosas así. El único medio pasable fue el joven Baelor Hightower. Un muchacho atractivo, sí; mi hermana se había enamoriscado de él hasta el día en que tuvo la desgracia de tirarse un pedo delante de nosotros. Enseguida pasé a llamarlo Baelor Rompevientos y después de aquello Elia no podía ni mirarlo sin echarse a reír. He de reconocer que era yo un jovencito monstruoso, me tendrían que haber cortado aquella lengua cruel.

      «Sí», asintió Tyrion para sus adentros. Baelor Hightower ya no era joven, pero seguía siendo el heredero de Lord Leyton, rico y atractivo, un caballero de impecable reputación. Ahora lo llamaban Baelor el Sonriente. Si Elia se hubiera casado con él, en vez de con Rhaegar Targaryen, estaría viviendo en Antigua mientras sus hijos crecían junto a ella. Se preguntó cuántas vidas habría apagado aquel pedo.

      Maldición cómo es posible que por culpa de un simpático y desvergonzado pedo se pueda cambiar la vida de muchas personas.



      Pd. Por lo demás buena teoría.

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    • En cuestiones escatológicas, hasta los más liberales y progresistas tienen sus remilgos. ¡Como si no se tratase de algo inevitable con la convivencia! (cuac)

      Que Tywin tuviese unos planes matrimoniales que ni a su esposa confesó, resulta sospechoso. ¿Tal vez ya sabía de la conspiración de las damas?

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    • Realmente he llegado a pensar que el ambiente caldeado de la corte, para cuando Joanna fue por última vez, debió impresionarla. Impresionarla para mal, se entiende. Con todo, en este punto no deja de ser algo especulativo; pero creo que el hecho de que no estuviera permanentemente en la corte y que se viera obligada a vivir supongo que temporadas más o menos largas alejada de Tywin hizo que fuera más visible para ella los cambios a peor en el humor de su marido.

      No deja de ser curioso cómo la pequeña historia, aquello que en situaciones normales no pasa de pura anécdota graciosa, acabe tomando tintes de tragedia. Esto es efecto mariposa à la Martin, no hablemos tanto de lindas mariposas aleteando sus alitas de colores y pasemos a las flatulencias de la sobremesa. xD

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